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Habent sua fata libelli
Una exposición de Antonio Llamas
Presentada en Navesierra (Madrid) del 11 de diciembre 2025 al 17 de enero 2026
Comisariado y set por Aida Salán y Guille Esteban
Habent sua fata libelli reúne más de 450 páginas con dedicatorias de libros abandonados o puestos a la venta de segunda mano que Antonio Llamas ha encontrado, recibido o rescatado y conservado. Arrancadas de los libros y preservadas como objetos arqueológicos, estas páginas atestiguan cientos de mensajes escritos a mano en multitud de idiomas, su propio contexto y paso del tiempo histórica, cultural, emocional y físicamente.
Toda memoria es un fragmento, un eslabón que se resbala, una parte del todo. allí donde algo queda dicho -más aún, inscrito-, el mensaje trasciende potencialmente lo particular, queda suspendido para ser resignificado o comprendido más adelante, más tarde. ¿por qué dedicamos los libros? ¿En qué consiste el gesto de escribir-le a mano a alguien en el objeto en el que algo ya está dicho por otro -un libro-? Gesto de intimidad protocolaria, consciente o inconscientemente guarda en sí la potencialidad -y la voluntad- de decirle algo al futuro sobre el pasado, carga la condición clandestina de anonimato y misterio, conserva la posibilidad de fantasear el vacío, el hueco, la pregunta, que lo acompaña. La repetición de un gesto, su acumulación, multiplica la duda, altera el orden de las cosas. aventurados a la lectura de estas centenares de páginas inscritas por diferentes épocas, lenguajes, caligrafías, deseos, texturas, pasos del tiempo, seguramente podamos rearmar sus destinos, pero sobre todo re articular sus orígenes, impugnar la concepción del pasado como algo monolítico e intocable; o más allá de todo esto, aventurados a la lectura de todas estas hojas arrancadas de sus libros para así ponerlas en primer término, espero que podamos disfrutar de superponer, interrelacionar, dialogar, contradecir y confabular.
Durante años, Antonio Llamas ha recorrido mercadillos, contenedores y librerías de viejo a la espera del hallazgo fortuito de libros cuyas primeras páginas estuvieran dedicadas. Una vez aparecen, las arranca, recopilando y conservando así cientos de páginas que atesoran mensajes escritos a mano a lo largo de diferentes épocas, países e idiomas.
Hay algo extrañamente trágico en un libro dedicado que termina abandonado a su venta como producto de segunda mano o a su procesamiento como deshecho. Las causas probables de este destino son múltiples y resulta inevitable fabular sobre ellas: un fallecimiento, una ruptura, un olvido. En ese salto imprevisto y no imaginado por quien dedicó el libro en su momento, la página en cierto modo muta de condición, de valor, se convierte en objeto autónomo. Así, todas estas páginas han sido aquí reunidas y conservadas en calidad de archivo arqueológico y a modo de colección. Invitamos a su lectura íntima y reflexión a lo largo de los rincones del espacio expositivo.
“No hay un solo documento de cultura que no sea, a la vez, uno de barbarie”. Esta frase de Walter Benjamin, quizás su frase más citada, señala el carácter conflictivo de todo objeto cultural, cuya construcción es posible siempre gracias a condiciones históricas concretas. Grandes y admirados monumentos, libros, cuadros… se erigen sobre formas y condiciones ideológicas. La colección como gesto, en tanto que acumulación apasionada y estricta, obsesiva, puede ser ese lugar donde el objeto se revela autónomamente como material de apreciación a la par que se interroga y se cuestiona. De esta manera los elementos de una colección adquieren una nueva condición en la que se despliegan con visibilidad las contradicciones, fabulaciones y sub-historias que trascienden el fin primario pensado para dicho objeto. Así, contradictoriamente, la individualización, en su acumulación, permite una mirada y una reflexión totalizadora que es capaz de situar lo particular en lo general.
Benjamin distingue entre “lo viejo” y “lo antiguo”. En lo viejo es imposible captar ya la utopía o barbarie que alimentaron en su momento la construcción o transmisión del objeto, mientras que en lo antiguo se mantiene todavía presente la “vibración del pasado”. La colección valorada que reúne obras del pasado es entonces una recopilación de objetos antiguos, sí, pero no viejos. Para Benjamin “lo anticuado lleva la marca de la historicidad, y esa marca es lo que despierta el deseo del coleccionista”. En este sentido el coleccionista es una suerte de adivino, alguien que parece ver más allá de los objetos, alguien que, al sostenerlos, quisiera “divisar su lejanía”.
La gran particularidad de esta colección provocada por Antonio Llamas es que nos permite observarla inevitablemente con ojos visionarios de coleccionista. Al contemplar las hojas nuestra mirada inmediatamente va más allá de su condición primigenia y parece posible vislumbrar, o al menos fabular, su “pasado completo”. Un pasado compuesto tanto por datos objetivos que hablan de su origen, como podría ser el título del libro, el tipo de papel, el nombre de la editorial…, como por ciertos detalles de su historia específica, como lo son los propios mensajes manuscritos, la grafía, el año en que fueron escritos, el idioma, el uso particular del lenguaje... La relación que solemos establecer con los objetos al observarlos por primera vez, aquí parece voltearse, invertirse. La información más sensible y privada del objeto se nos ofrece sin sesuda investigación y nos interpela al mirarla, y al leerla.
"Habent sua fata libelli" significa literalmente "los libros tienen su propio destino". Esta expresión, atribuida a un gramático latino del siglo II d.c., fue encontrada como parte de una obra fragmentada, como si la frase quedase suspendida -al igual que toda dedicatoria- y premonizase el azar, el accidente y la relectura ideológica que le espera a todo objeto cultural. Se suele utilizar para hablar de libros de manera general y de la importancia del lector en particular, capaz de interpretar y multiplicar la vida de un libro o, por el contrario, contribuir a sumirlo en el olvido. En este caso no son los libros quienes tienen su propio destino, sino las dedicatorias con las que un tercero marcó el libro, un fragmento de los ejemplares, fragmento subsidiario que a priori ni siquiera forma parte de la obra original.
Del estante, vertedero o puestecillo donde envejecía el ejemplar azaroso de un determinado libro, fue rescatado furtivamente el reducto de antigüedad que le quedaba: la página dedicada. Incorporadas a la colección, estas páginas y sus mensajes dialogan inevitablemente en múltiples direcciones y sentidos, vibrando de pasado acumulado, estableciendo correspondencias inéditas y recuperando nuevos destinatarios.
Texto por Guille Esteban y Antonio Llamas.